«Nuestra esperanza era que el sistema gobernante cambiara, pero, aparte de miseria, inflación y más daños a la economía, ¿qué beneficio ha reportado a la gente?». La frase, pronunciada por un opositor iraní, fue retomada por el periodista venezolano Jeanfreddy Gutiérrez en un mensaje que resume la frustración que envuelve hoy a analistas y activistas en Teherán. Y que, según el propio Gutiérrez, «bien podríamos decirla los venezolanos».

El entendimiento alcanzado por la administración Trump con el régimen iraní, tras semanas de ataques y anuncios prematuros de victoria, constituye una verdadera capitulación de Estados Unidos, según el periodista español Argemino Barro, corresponsal de varios medios españoles.

Con información de El Estímulo / Andrés Cañizález

Barro y otros observadores coinciden en que Estados Unidos no logró ninguno de sus objetivos declarados: no derrocó al régimen, no neutralizó de forma definitiva el programa nuclear iraní ni desmanteló la red de aliados de Teherán en Medio Oriente. A cambio, Washington ofreció a Irán alivio de sanciones y posibles fondos de reconstrucción a cambio de reabrir el estrecho de Ormuz, una vía que ya estaba operativa antes del conflicto.

Ian Bremmer, presidente de Eurasia Group, coincide en lo esencial y señala tres consecuencias principales de la guerra de casi cuatro meses: un Oriente Medio más polarizado y fracturado, un Irán en posición estratégica reforzada y socios estadounidenses en la región sacudidos por la conducta errática de Washington. Para Barro, Trump terminó aceptando lo inevitable: salir de una situación que solo podía empeorar, resistiendo presiones de Israel y del lobby pro-israelí dentro de Estados Unidos.

Irán no fue Venezuela

El resultado en Irán contrasta de forma llamativa con la operación del 3 de enero en Caracas, cuando fuerzas especiales estadounidenses ejecutaron en cuestión de minutos la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores tras bombardeos quirúrgicos y un apagón inducido por guerra electrónica. Aquella acción, rápida y de bajo costo humano para Estados Unidos, alimentó en la Casa Blanca la convicción de que la presión militar y el cerco económico podían producir resultados veloces contra adversarios autoritarios.

Trump había pregonado en las semanas previas que Estados Unidos derrotaría rápidamente al régimen iraní, extrapolando la facilidad con la que se resolvió el caso venezolano. Pero Washington no analizó con suficiente profundidad que el contexto iraní era radicalmente distinto. A diferencia de Venezuela, cuyo ejército estaba seriamente debilitado y sin capacidad real de respuesta, Irán contaba con una red consolidada de proxies como Hezbolá, los hutíes y milicias en Irak y Siria, capacidades avanzadas de misiles balísticos y drones, y una resiliencia ideológica y logística que el chavismo nunca tuvo. La guerra se extendió casi cuatro meses, generó daños económicos globales y obligó a Washington a negociar desde una posición más débil de la inicialmente prevista.

Las implicaciones para Caracas

El desenlace iraní debilita simbólicamente la credibilidad estadounidense en la región, con repercusiones que se extienden más allá de Venezuela hacia Cuba y Nicaragua. Que tras cuatro meses de guerra siga en Teherán básicamente el mismo régimen, salvo los cambios derivados del asesinato de figuras de primera línea del poder, demuestra que la disuasión estadounidense no es completamente efectiva.

Trump, además, sale políticamente debilitado por las críticas internas al manejo de la guerra y por un acuerdo que muchos interpretan como una retirada. En ese contexto, es probable que la Casa Blanca priorice otros frentes o se muestre más cauta a la hora de respaldar cambios profundos en Caracas.

El actual momento político venezolano, con un gobierno provisional encabezado por Delcy Rodríguez, una restauración parcial de relaciones diplomáticas y una apertura petrolera controlada, podría permanecer sin grandes alteraciones si la apuesta de Washington prioriza únicamente la estabilidad necesaria para la explotación petrolera y minera. No parece inminente un escenario de disputa electoral competitiva, con un clima político caldeado y agitación social. Tras Irán, no hay señales claras de que Estados Unidos vaya a acelerar su plan de tres fases para Venezuela.

Existe, finalmente, un paralelismo emocional que Gutiérrez ya había señalado: así como los opositores iraníes lamentan hoy que la presión externa de la máxima potencia mundial no generó un cambio de régimen ni un retorno a la democracia, entre no pocos venezolanos se respira una sensación similar de decepción, al ver que la captura de Maduro no derivó, hasta ahora, en la transformación profunda y democratizadora que muchos esperaban.