La administración de Donald Trump ha comenzado a revisar con cautela planes de contingencia en caso de que exista una caída del Delcy Rodríguez como figura de continuidad. El objetivo principal que tiene el Gobierno de Estados Unidos está más inclinado a la estabilidad que a la democracia.
Fuentes en contacto con el entorno de Trump señalan que no se trata de un documento listo para firmar, un diseño cerrado, sino de conversaciones preliminares sobre alternativas paralelas: un consejo tecnocrático, con competencias acotadas y calendario limitado, inspirado en el modelo organizativo que Trump ha querido proyectar en Gaza con su llamado Consejo de la Paz, pensado para administrar una transición sin vacío de poder.
Con información de ABC en Español
La lógica que guía esas discusiones es pragmática y, para algunos diplomáticos, incómoda. La prioridad inmediata de Estados Unidos no es un relevo limpio y ejemplar, sino evitar que Venezuela caiga en una espiral de violencia, ajustes internos y fragmentación de mandos. En privado, asesores y funcionarios describen a ABC un escenario en el que la caída súbita del régimen —o su fractura por luchas internas— podría activar un efecto dominó: quiebre de la cadena de mando en seguridad, disputas por puertos y aeropuertos, sabotajes en el sistema eléctrico, descontrol en zonas mineras y hasta una nueva ola migratoria. «Lo único peor que una continuidad autoritaria es el caos», resume una persona al corriente de estas conversaciones.
En esa ecuación encaja el trato cuidadoso que Trump dispensa a Delcy Rodríguez. Sus elogios públicos —la ha retratado como una interlocutora válida, incluso «tremenda», según sus propias palabras— no responden, según fuentes cercanas a la Casa Blanca, a una conversión ideológica ni a una absolución del chavismo, sino a la necesidad de mantener un peón en Caracas que permita gestionar el aterrizaje de esta fase. El propio Trump aseguró al ‘New York Post’, el 3 de enero, que habían hablado «abundantes veces» con Rodríguez y que ella «entiende qué hacer». En Washington, esa frase se interpreta como reconocimiento de un canal de comunicación que no nace tras la captura, sino antes.
La lógica que guía esas discusiones es pragmática y, para algunos diplomáticos, incómoda. La prioridad inmediata de Estados Unidos no es un relevo limpio y ejemplar, sino evitar que Venezuela caiga en una espiral de violencia, ajustes internos y fragmentación de mandos. En privado, asesores y funcionarios describen a ABC un escenario en el que la caída súbita del régimen —o su fractura por luchas internas— podría activar un efecto dominó: quiebre de la cadena de mando en seguridad, disputas por puertos y aeropuertos, sabotajes en el sistema eléctrico, descontrol en zonas mineras y hasta una nueva ola migratoria. «Lo único peor que una continuidad autoritaria es el caos», resume una persona al corriente de estas conversaciones.
En esa ecuación encaja el trato cuidadoso que Trump dispensa a Delcy Rodríguez. Sus elogios públicos —la ha retratado como una interlocutora válida, incluso «tremenda», según sus propias palabras— no responden, según fuentes cercanas a la Casa Blanca, a una conversión ideológica ni a una absolución del chavismo, sino a la necesidad de mantener un peón en Caracas que permita gestionar el aterrizaje de esta fase. El propio Trump aseguró al ‘New York Post’, el 3 de enero, que habían hablado «abundantes veces» con Rodríguez y que ella «entiende qué hacer». En Washington, esa frase se interpreta como reconocimiento de un canal de comunicación que no nace tras la captura, sino antes.
Según reveló Salvador Sostres en ABC, Delcy mantuvo desde septiembre una serie de reuniones discretas en Doha con agentes de la CIA y con altos representantes rusos como Serguéi Lavrov e Ígor Sechin, en un canal paralelo de contactos que se prolongó hasta Navidad. El periodista sitúa esos encuentros entre edificios oficiales del Gobierno de Qatar y el hotel Four Seasons, donde, en un formato más informal, se habrían intentado desbloquear negociaciones sobre el futuro inmediato del poder en Caracas. La incógnita, según su relato, es si Rodríguez actuaba en nombre del régimen para pactar una salida que garantizara su supervivencia o si, bajo supervisión rusa, estaba explorando con Washington una transición liderada por ella misma antes de la captura de Maduro
El ‘Guardian’ informó el 22 de enero de que Delcy Rodríguez y su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, habían asegurado por intermediarios a funcionarios de EE. UU. y de Qatar que cooperarían una vez Maduro estuviera fuera, aunque sin participar activamente en su derrocamiento. El periódico sitúa esos contactos en otoño y los vincula a una conversación telefónica de finales de noviembre entre Trump y Maduro, en la que el presidente estadounidense habría exigido la salida del líder chavista. El ‘Miami Herald’ recogió después la respuesta de Miraflores, que calificó ese relato de «falso» sin entrar al fondo.
Que exista un canal no significa que haya confianza. Y ahí entra el otro elemento de esta estrategia. La Casa Blanca no quiere depender de una sola figura, por muy funcional que sea en el corto plazo. Las fuentes consultadas describen un doble carril. En el visible, se preserva una relación de trabajo con Delcy para gestionar expedientes urgentes: coordinación migratoria, situación de presos y el marco mínimo para operaciones económicas. En el más discreto, se estudian mecanismos alternativos para el caso de que ese puente se rompa por presión interna, por una huida de la propia Delcy o por un golpe que la deje sin capacidad de mando.











