El bajo consumo de carne, pollo y huevos genera alertas sobre el impacto nutricional a largo plazo y obliga a carniceros a fraccionar ventas en porciones mínimas para adaptar la oferta al presupuesto familiar.
El patrón de consumo alimentario en Venezuela ha sufrido una transformación estructural severa durante los últimos años. Lo que históricamente constituía la base de la dieta nacional, que era la proteína de origen animal, ha sido progresivamente desplazada por una dieta saturada en carbohidratos, según revelan análisis sobre el poder adquisitivo y el comportamiento del comercio minorista en el país.
El alto costo de rubros como la carne de res, el pollo, el pescado y los huevos, cotizados a referencias internacionales en divisas, contrasta de forma crítica con el rezago del salario mínimo y los ingresos de la mayoría de los trabajadores. Esta brecha económica ha obligado a las familias a priorizar el consumo de harina de maíz, arroz, pasta y tubérculos para saciar el hambre, dejando la proteína animal como un consumo eventual o de lujo.
Richard Plazas, carnicero del mercado Los Pequeños Comerciantes de San Cristóbal, en el estado Táchira, resaltó que las ventas no son las deseables porque el consumo de proteína ha disminuido: “El mercado ha estado un poquito duro. Vendemos cochino y pollo y hay vendedores afuera y se consiguen otras ventas de lo mismo pero informales”.
Caída en 40% de las ventas
La dieta de la población venezolana registra una drástica transformación caracterizada por la disminución acelerada del consumo de proteínas de origen animal.
La raíz de esta brecha responde a un factor estrictamente económico: los precios de las proteínas se cotizan con referencias en divisas o monedas extranjeras, mientras que el salario mínimo oficial se mantiene congelado en 130 bolívares (sin incluir bonificaciones). Esta disparidad ha convertido a las proteínas de origen animal en un producto de consumo eventual y de lujo alimentario.
Para adaptarse a la pérdida del poder adquisitivo de los clientes, los carniceros debieron modificar sus métodos tradicionales de despache: la venta por kilos o piezas enteras (como pulpa negra, solomo o ganso) ha sido sustituida por solicitudes fraccionadas en montos mínimos o la compra de recortes, huesos, patas de pollo, asaduras y grasa para dar sabor a las comidas a base de carbohidratos.
Abraham Cánchica, carnicero, reportó que la caída de la venta de proteínas en los últimos dos meses es de un 40%. Hay días en los que tienen la mercancía exhibida y no llega ningún comprador. Pese a que intenta mantener los precios, la devaluación se lo impide.
Y es que el caso de Táchira también es particular, porque no solo se utilizan los bolívares como método de pago, sino también los dólares y los pesos colombianos. El cambio informal de divisas también impacta negativamente en las ventas y en consecuencia, en el consumo.
En los establecimientos de abastecimiento popular, especialmente en zonas fronterizas, los precios de los productos cárnicos suelen marcarse en pesos colombianos y su equivalente en dólares o bolívares:
- Kilo de lomito: 35.000 pesos colombianos ($10,93 USD / 8.828 VED).
- Kilo de solomo: 32.000 pesos colombianos ($10,00 USD / 8.010 VED).
- Carne de primera: 25.000 pesos colombianos ($7,80 USD / 6.259 VED).
(Tasas de referencia registradas: 3.200 pesos por dólar y 801,19 bolívares por dólar).
Consumidores locales señalan la necesidad de realizar largos recorridos en búsqueda de ofertas accesibles para poder incorporar porciones mínimas de carne a sus hogares.
