Catorce funcionarios de la Policía de Chacao fueron acusados en junio de 2016 del asesinato del periodista Ricardo Durán, un crimen ocurrido en enero de ese mismo año. El caso, desde el inicio, tuvo menos que ver con la justicia que con el poder: fue una de las herramientas que utilizó el entonces ministro de Interior, Gustavo González López, para intervenir un cuerpo policial que se había convertido en un dolor de cabeza para el régimen, por negarse a seguir los lineamientos represivos en un año marcado por protestas contra la crisis económica, política y social del país.
González López anunció la acusación en rueda de prensa. Los funcionarios, convencidos de su inocencia, se presentaron voluntariamente ante la investigación, pero eso fue el inicio de una cadena de irregularidades que terminó, tras una audiencia de apenas dos días, con su traslado a El Helicoide.
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Los primeros 45 días
Tras las audiencias, los 14 funcionarios fueron sacados por la parte trasera del Palacio de Justicia, esposados, uno detrás del otro, como si fueran presos comunes, y trasladados a la sede del Sebin en El Helicoide. Allí separaron a Venus Medina y María de los Santos, llevadas a una celda con otras mujeres, mientras el resto del grupo fue confinado a un espacio improvisado dentro de lo que antes funcionaba como gimnasio.
«Al llegar al Helicoide, efectivamente no supieron qué hacer con nosotros y lo primero que hicieron fue trasladarnos para una especie de gimnasio (…) Había un baño que estaba totalmente tapado, aproximadamente 10 centímetros de altura de aguas residuales, las paredes totalmente llenas de moho verde, olores nauseabundos», relató Eduardo Salazar, uno de los policías detenidos. Según su testimonio, los presos comunes usaban ese mismo espacio como baño improvisado durante las visitas, y a los Polichacao los dejaron allí «sin ningún tipo de enseres, sin ningún tipo de provisiones».
Ese mismo primer día, dos de ellos, Reggie Andrade y César Mijares, fueron retirados de la celda. El resto quedó sumido en el miedo, sabiendo que algo peor estaba por comenzar. «El compañero gritaba y lloraba porque ya sabía dónde iba (…) Yo en mi mente pensé: a todos nos van a torturar, a todos nos van a golpear», recordó Alfredo Chirinos. Ángel Sánchez añadió que la incertidumbre era total: «Nuestros familiares no sabían nada de nosotros, nuestros abogados no sabían nada de nosotros y podríamos desaparecer en cualquier momento».
A las condiciones insalubres se sumaban la ausencia de camas o colchones, la luz blanca encendida las 24 horas, la falta de acceso al aire libre y comida que, en la mayoría de los casos, llegaba en mal estado. Venus Medina describió cómo esa comida deteriorada terminó por enfermarla: «Tuve muchas bacterias estomacales (…) es dolor a nivel de la parte superior del abdomen, cólicos, obviamente deposiciones repetidas», relató, y agregó que la falta de agua y ventilación también le provocó afecciones en la piel que se extendieron por semanas.
Más de un mes después de su llegada, y de manera inusual, los custodios anunciaron que los Polichacao podrían salir al patio a tomar el sol por primera vez. En el trayecto se toparon con una escena que ninguno pudo olvidar: César Mijares, amordazado, envuelto en papel periódico, en posición fetal cerca de la celda femenina. «Empezó a gritar: «ayúdeme, avisen, avísenme mis abogados que me están matando», relató Fred Mavares. El grupo, impedido de auxiliarlo por los funcionarios del Sebin, fue regresado a su celda apenas quince minutos después de esta escena tan macabra.
El exfiscal Zair Mundaray, entrevistado para este reportaje, explicó que El Helicoide nunca fue diseñado como cárcel: «Todo lo que hay dentro es improvisado (…) en algunas zonas tienen cuartos, o tenían, porque los han ido desmantelando, para no dejar prueba, donde tenían cómo guindar personas, tenían cómo colocarles electricidad, la electrocución se utilizaba mucho, cómo sumergirlo y ahogarlo». Mundaray aseguró que ordenó la imputación de González López en 2017 por estos casos de tortura, una decisión que luego fue revertida por el Tribunal Supremo de Justicia para proteger al funcionario, a quien el dictador Nicolás Maduro terminó ascendiendo.
El día 43
La tortura para los Polichacao nunca fue un hecho aislado, estuvo directamente relacionada con los interrogatorios, que alcanzaron su punto más crudo el día 43 de cautiverio, cuando el Sebin comprendió que los funcionarios no estaban dispuestos a mentir sobre su inocencia ni a inculpar a terceros.
«Nos dijeron: los polichacados no han hablado, no van a hablar nada, vamos a venir por ustedes», recordó Eduardo Salazar sobre esa tarde. Uno por uno, los llamaron a las oficinas de investigaciones. Ángel Sánchez describió lo que encontró al entrar: «Puedo lograr ver algunos objetos como taser, periódico, cinta de tape, un bate de béisbol, vi unos tobos de agua, vi unas bolsas aerosol como insecticidas y luego entendí que iba a ser torturado».
Lo que siguió, según su propio relato, incluyó asfixia con periódico, descargas eléctricas para reanimarlo cada vez que perdía el conocimiento, y horas de presión para que grabara un video inculpando al entonces alcalde de Chacao, Ramón Muchacho.
«Ellos me despertaban con el taser, con la electricidad, y la funcionaria decía que yo no me estaba desmayando, sino que yo era pila, que era policía y que lo estaba engañando», relató Sánchez, quien aseguró que las torturas se extendieron por horas, con un momento en que consideró arrojarse por una ventana para escapar del suplicio.
Alfredo Chirinos vivió una experiencia similar. Le colocaron una bolsa en la cabeza hasta hacerlo perder el conocimiento y, al despertarlo con descargas eléctricas, insistían en que grabara el video que inculpaba al alcalde. «Uno cree que eso nunca se va a acabar (…) yo le decía a ellos, si ya estoy preso, déjenme tranquilo», relató.
Sobre el origen de estos métodos, Mundaray señaló haber documentado, a través de entrevistas con exfuncionarios del Sebin, la instrucción de personal cubano en técnicas de tortura, además de un sistema de incentivos internos: «Muchos de los torturadores tenían prebendas (…) tuvieron ascensos meteóricos en sus carreras, podían extorsionar, cometer cualquier tipo de fechoría». Según el exfiscal, esa «profesionalización» de la tortura escaló con los años hasta incluir agresiones sexuales, un fenómeno que, dijo, comenzó a documentarse a partir de 2018.
Las funcionarias del grupo, Venus Medina y María de los Santos, no fueron sometidas a tortura física, pero sí a un desgaste psicológico constante: su celda estaba ubicada justo debajo de las salas de interrogatorio. «Escuchar sonidos, aunque no lo quieras, te llega, te lleva a imaginar qué estará viviendo esa persona (…) era un silencio de luto, un silencio desgarrador», describió Medina sobre esas noches.
La huelga de hambre
Con el paso de los meses y sin respuestas del Estado, que había emitido una boleta de excarcelación rechazada nuevamente por orden de González López,, los Polichacao decidieron escalar su forma de protesta. Ocuparon parte de los pasillos de El Helicoide y, finalmente, un grupo de cinco decidió iniciar una huelga de hambre: Fred Mavares, Venus Medina, Ángel Sánchez, Alfredo Chirinos y Darwin Herde. Más tarde se sumó un sexto, Johnny Velázquez.
La huelga se extendió entre 26 y 28 días, según el relato de los polichacao. Ante la falta de respuesta, el grupo redactó una carta, sellada con su propia sangre, a falta de tinta, y decidió dar un paso más drástico: coserse la boca.
«Quien tomó la iniciativa de coserse los labios fue la guerrera Venus», relató Mavares, quien describió el procedimiento, realizado con hilo y aguja comunes conseguidos entre otros presos políticos, como «una tortura» en sí misma.
La medida generó una fuerte reacción interna: decenas de funcionarios del Sebin realizaron una requisa que despojó a los huelguistas de todas sus pertenencias, incluidas biblias y cuadernos. Fue entonces cuando intervino la entonces vicefiscal Katherine Harrington, quien, según el testimonio de Ángel Sánchez, les prometió la libertad en cuestión de horas si deponían la huelga. La promesa no se cumplió: permanecieron detenidos hasta la Navidad de 2017, seis meses después de esa reunión.
La liberación parcial
El 23 de diciembre de 2017, como resultado de una mesa de diálogo entre el régimen de Nicolás Maduro y la oposición, 12 de los 14 Polichacao fueron excarcelados. Fred Mavares y Reggie Andrade quedaron fuera del acuerdo: fueron trasladados al Centro Penitenciario 26 de Julio, en el estado Guárico, donde sus condiciones empeoraron.
Los 12 liberados intentaron reconstruir sus vidas sin dejar de denunciar el caso de sus compañeros, pero enfrentaron cuentas bancarias bloqueadas, dificultades para conseguir empleo, episodios de ansiedad y pánico, y en algunos casos, persecución continuada por agentes del régimen.
Con el tiempo, la mayoría optó por migrar.
Para Mavares y Andrade, en cambio, la pesadilla apenas cambiaba de escenario. En el 26 de Julio fueron confinados a una celda de castigo sin baño, con un simple orificio en el piso para hacer sus necesidades y sin acceso a agua.
La fuga
Con el tiempo, y tras identificar un punto vulnerable en el perímetro del centro penitenciario, Mavares y Andrade planearon su escape. Recibieron información de familiares sobre el terreno exterior y entrenaron durante meses para calcular la altura del muro y el momento exacto para intentarlo.
El día elegido, un sábado en el que los custodios y presos trabajadores no estaban presentes, ambos lograron burlar la vigilancia. Andrade cruzó primero. Mavares, en su intento, cayó dos veces: se clavó una cabilla en la mano, sufrió una hemorragia severa y se fracturó el tobillo derecho, pero continuó hasta lograr subir el muro y llegar a la avenida, donde consiguió ayuda de una transeúnte.
Escondido en San Juan de los Morros, Mavares logró comunicarse con sus conocidos y buscar atención médica bajo una identidad falsa. Poco después, sus compañeros Venus Medina y Ángel Sánchez lo encontraron y lo trasladaron de regreso a Caracas, donde permaneció oculto varios días antes de migrar hacia Colombia.
La noticia de su fuga generó temor entre el resto de los Polichacao, ya excarcelados, quienes decidieron también abandonar el país ante el riesgo de ser nuevamente perseguidos.

